La curiosidad a lo desconocido llama la atención en todo ser humano.
El explorar lo tenemos desde pequeño, porque nos gusta conocer cosas nuevas.
Al crecer comenzamos hacer múltiples investigaciones para lograr el nuevo objetivo que tenemos en mente.
En particular me encanta escuchar historias. El cuento se hace interesante cuando te dicen que ha sido lo más hermoso que han visto, y aquellos días fueron de completa tranquilidad y felicidad.
Es allí donde nos decimos. ¡Quiero sentir eso y haré lo posible para vivirlo!
Así comenzó mi viaje. Una vez conocido mi pequeño pueblo, decidí irme a kilómetros de él.
Me encanta conocer, ver, explorar, disgustar, aquella naturaleza que la tierra nos ofrece.
Me encanta conocer, ver, explorar, disgustar, aquella naturaleza que la tierra nos ofrece.
En Venezuela, de donde vengo, existen una diversidad de paraísos que se pueden disfrutar. Pero en esta oportunidad hablaré sólo de la primera aventura.
Investigué del Parque Nacional Morrocoy, que un viejo amigo me contó con tanta añoranza. Aquél parque que al hablarme, veía en sus ojos, que se había encontrado con el paraíso, sin contar que lo disfrutó con la persona que amó.
Luego de buscar cómo llegar, dónde llegar, comparar precios, paquetes y más.
Decidí una mañana realizar aquel viaje, tome mi mochila y me encaminé a la parada de buses que me llevó hasta el terminal de Valencia -Estado Carabobo. El viaje duró cuatro horas desde mi pueblo. Luego de llegar al terminal, tomé otro bus que pasaba por el pueblo de Tucacas - Estado Falcón.
Allí me quede en una posada de poco lujos pero muy cómoda, además te ofrecía llevarte a primera hora, hasta el muelle, para tomar la lancha que iría a la isla.
Estaba cansada, pero a la vez ansiosa que llegara la mañana. La brisa de aquel pueblo era caliente, no era la época de verano, por lo que no había mucha gente y tampoco comercios abiertos a altas horas de la noche.
No desaproveché aquella noche de cenar un rico pescado frito con ensalada y un una merengada bien fría.
El aire de aquél lugar era caliente, más que en la capital. A la hora, de haber digerido la comida me dirigí al pequeño bar que tenia la posada.
Me senté un rato en la barra y logré tener una charla con otro turista.
Aquella persona pretendía conocer todo el Parque Nacional Morrocoy.
De mi parte sólo podía conocer una isla, por falta de tiempo y presupuesto. A los minutos me despedí y regresé a mi habitación.
Muy temprano al levantarme, coloqué en mi bolso una toalla, el bloqueador, mi monedero y por supuesto mi cámara fotográfica. Me vestí y me puse mis lentes de sol. Al llegar a la recepción, observé el guía que les nos señalaba la dirección para abordar el bus que nos llevaría al muelle. Nos colocaron un brazalete para identificarnos.
Llegué al muelle y había varias lanchas. Gritaban.
- Sombrero! juanes ! Cayo Sal! Cayo Muerto! No imaginé que había varios. Ya tenia en mente al cual ir y de pronto escuché a un señor que Grito ¡Pescadores saliendo!!
Alcé mi mano, corriendo me dirijí a él, le enseñé mi ticket para identificar la posada de donde venía. Y él me ubico en la lista y luego me dijo el nombre de la señora que estaba allá para brindarme el servicio de comida y bebidas.
Me monte entusiasmada, entre mis nervios y la movida del bote casi me caigo.
A unos 20 o 30 minutos tardamos en llegar. El recorrido fue asombroso. Las aguas son un poco oscuras al principio, luego el color comenzó a verse a azul en un lado y mas claro que otros y llegando finalmente el agua es verdoso cristalino, el sol estaba radiante y mi cuerpo estaba comenzando a relajarse con el aire que rozaba mi cara y todo mi cuerpo, la arena era dorada clara, suave y fina, mis pies se reflejaban. Podía ver todo!.
Pensé en aquel viejo. ¡Guaoo! No me mintió !! Es esto bello!
Sólo quería sumergirme, pero tenia que seguir hasta la orilla te indica por el color de brazalete que toldo te toca.
Al instalarme no fue necesario buscar mi desayuno, ¡me lo trajeron!. Esto sí que era el paraíso. Además había yates unos más exóticos que otros.
Al instalarme no fue necesario buscar mi desayuno, ¡me lo trajeron!. Esto sí que era el paraíso. Además había yates unos más exóticos que otros.
El sol está radiante. Me apliqué el bloqueador y una vez desayunado comencé a contemplar aquella paz que me llenaba ese cayo. Tomé fotos en todos los ángulos.
Decidí caminar un poco el cayo, donde cada objeto, me encantó.
Disfruté mucho del Cayo Los Pescadores. La lancha te pasa buscando nuevamente a eso de las 4 pm ó 6 pm depende de la hora en que se llegue.
La gente es muy amable, te recomienda y te ayuda a explorar de la isla ciertos lugares que a la vista no sé puede observar.
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