Todos tenemos nuestro momentos de angustia, tristeza y felicidad. Esta pequeña historia me la entrego una buena amiga. Al leerla recordé que todos tenemos una pérdida y que simplemente para morir hay que vivir. Por ello transcribo esta historia como que si también fuese mía. Tu fotografía. Estabas allí sentada. Parecías viva, tanto que sentí que me hablabas. Lo recuerdo muy bien. Tenías esa camisa negra, ese corte de cabello que tanto me gustaba y aquel libro en las piernas que nunca terminaste de leer. Allí en la sala donde te tomé esa fotografía, todavía estaban aquellos muebles rosados con floresitas y que tanto nos gustaban. En esa misma sala estaba aquella mesita de centro, la cual, tenía tantas raspaduras que ya no se veía de madera y encima había aquel florero con las margaritas que terminaron partiendo al cabo de un tiempo. Tremenda como toda un niña. Te extraño tanto que, a veces me pongo a observar esa fotografía, donde me vienen tantos recuerdos a la mente que si...